«Cuando muera, voy a bailar primero en todas las galaxias… voy a jugar, bailar y cantar.»

Homenaje a Elisabeth Kubler Ross

Con motivo del cumpleaños 94 de Elisabeth Kübler-Ross, realizamos un homenaje con el objetivo de compartir algunas enseñanzas y aprendizajes que nos dejó su legado. Muchas gracias por ser parte de esta historia.

Experiencias y agradecimientos

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Que me ha dejado Elisabeth Kübler-Ross:

Saber que nada es permanente.
El hacerme amiga de la vida.
Saber que soy viajera por un rato, como dice la canción.
A no temer a lo desconocido.
A aceptar, valorar y disfrutar lo que llega a mí.
El procurar no dejar temas inconclusos.
A dar las gracias por lo que se me ha dado.

Como dice el poema de Amado Nervo:
¡Amé, fui amado! ¡El sol acarició mi faz!
¡Vida nada me debes! ¡Vida nada te debo!
¡Vida, estamos en paz!

Hace algunos meses me di la oportunidad de estudiar un curso de Tanatología, que impartió Melinda. Me consideraba neófita en este tema, pero quedé satisfecha de haber aprendido lo básico del tema: que lo considero muy importante; mi mayor sorpresa y alegría fue conocer a la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, que siendo una científica también es un gran ser humano… por su entrega y su espíritu de servicio. Agradezco muchísimo el gran legado que ha dejado a la humanidad.

“Cuando hemos realizado la tarea que hemos venido a hacer en la tierra, se nos permite abandonar nuestro cuerpo, que aprisiona nuestra alma al igual que el capullo de seda encierra la futura mariposa. Llegado el momento, podemos marcharnos y vernos libres del dolor, de los temores, y preocupaciones; libres como una bellísima mariposa, y, regresamos a nuestro hogar, a Dios”.

Esta es solo una de las miles de frases de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, que me han invitado a reflexionar sobre mi relación con la muerte… hoy la acepto, la normalizo, y me vivo sin angustia.

Soy más consciente de darle peso a lo que realmente merece la pena, a disfrutar de la vida y del tiempo con la gente a la que quiero.

Me doy cuenta de que la muerte no es el final de la vida, y me llena de esperanza saber que “La muerte es solo mudarse a una casa más bella”, tal como ella lo describe en su libro “La muerte: un amanecer”.

Gracias Dra. Elisabeth Kübler-Ross, por abrir su corazón a la desgracia, a la soledad y al dolor de todas aquellas personas que estaban a punto de morir, sus enseñanzas me han permitido hoy compartir con AMOR su legado.

Lo que la Dra. Kübler-Ross lego a la humanidad con sus revelaciones en Tanatología impactó en mí.

  1. En la certeza de continuación de vida fuera de las leyes terrenales, por lo tanto de felicidad eterna. Lo que distintas filosofías enseñan.
  2. El detalle de las mariposas. Que es la prueba de que los niños comprenden más sencillamente el paso a otra forma de vida (muerte).
  3. Entender las palabras Bíblicas referentes a: Que para entrar al reino de los cielos hay que ser un niño.
  4. Que la pérdida del empleo en el que más duré, es para dar gracias por lo que logré y viví plenamente.

Por lo tanto me ayudó a comprender esa etapa desde otro punto de vista mucho más profundo.

Desde mi experiencia de pérdida personal el aprendizaje más importante que tengo con el libro «La muerte: un amanecer», se relaciona a que yo me cuestionaba cómo era posible que mi esposo no hubiera sentido de que iba a partir y no lo había expresado a nadie en su entorno, ya que mi esposo y yo teníamos mucha comunicación y pensaba me lo hubiera dicho. En el libro la Dra. me dio respuesta a mi inquietud. Quiero agradecer a la Dra. el trabajo de ella tan vigente y enriquecedor, para que las personas como yo encontremos en el libro la tranquilidad y paz. Gracias Dra. Elisabeth Kübler-Ross.

Cuando llego a mi vida Elisabeth en el 2003 incertidumbre tratando de entender que estaba haciendo, pero tomada de la mano de sus letras pude llegar a la comprensión del camino del acompañamiento en el final de la vida de un paciente. Su vida me ha permitido comprender que no hay limitantes para lograr que un paciente y su familia logren vivir el duelo.

Gracias por ser un ser humano extraordinario, por tu legado, por tu amor y tenacidad.

Leer La Rueda de la vida tras la muerte de mi mamá fue sanador para mí. El libro llegó a mis manos gracias a mi esposo que al ver el dolor y la tristeza en la que estaba me dio herramientas para salir de ahí y al leerlo comprendí muchas cosas sobre la muerte, pero la más importante fue darme cuenta de lo afortunados que fuimos todos, incluida mi mamá al tener tiempo juntos. Cuando los médicos nos dijeron le queda entre 48 y 72 horas de vida, sentí como si me cayera un balde de agua fría y no me hallaba en ninguna parte, el corazón no encuentra lugar en tu cuerpo, surge la desesperanza, la desolación. Tuvimos la fortuna de dar con un equipo médico muy humano que nos permitió estar con ella todo el tiempo y esas últimas horas fueron cruciales. Pudimos despedirnos, abrazarla, acompañarla, rezar a su lado, llevamos a mi papá para que se despidiera de ella, irónicamente el que estaba más enfermo era él, nadie se imaginaba que en una semana mi mamá se iba a morir.

Entender que cuando un médico dice ya no hay nada que hacer no es verdad, ahí es donde se pueden hacer muchas cosas, tal vez no clínicamente pero si emocionalmente, no solo para la persona que está muriendo sino también para sus familiares y seres queridos que quedan es este plano terrenal con un vacío inmenso tras la ausencia de esa persona. Decir lo que se tiene que decir, simplemente darle un beso, agarrarle su mano, sentir su calor, aprovechar ese espacio para mí y para mi familia fue absolutamente sanador y a pesar de haberlo vivido solo lo comprendí a través de las palabras de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross quien despertó en mí un interés por este tema pero además me motivó a aprender más y así poder acompañar a las personas en este proceso de la muerte.

La muerte de mi mamá fue la primera de una cadena de muertes que transcurrieron a lo largo de un año y medio. Mi suegra, a quien adoraba, una tía muy querida y finalmente mi papá. Mi mundo se derrumbó en año y medio porque mi vida giraba alrededor de ellos, en el mismo año tuvimos que desarmar las dos casas paternas con todas las complicaciones que eso trae y me refiero a las emocionales, no a las materiales. Mi gran apoyo fueron los libros, ahí me refugié y encontré respuestas a lo que estaba viviendo y sintiendo. En ellos empecé a encontrar frecuentemente la palabra tanatología que habla más de vida que de muerte y me enganche con ese término.
Uno de los grandes regalos que he recibido en mi vida me lo dio la persona que amo, mi esposo, tras la muerte de un ser que amé, amo y amaré por siempre, mi mamá, a través de unas letras impresas en unas hojas que provienen de una mujer que me inspira, me motiva para vivir, la Dra. Elisabeth Kübler-Ross.
Quiero prepararme para vivir sabiendo que voy a morir, para recibir a la muerte cuando se me presente de frente, para acompañar a otros en su proceso de muerte.

Me siento muy feliz de hacer parte de este grupo de personas maravillosas de la Fundación EKR y agradezco la oportunidad de poder expresar mi agradecimiento, respeto y admiración por la Dra. Kübler-Ross y hacer parte de este sentido homenaje a su vida.

La muerte de mi madre me llevó a vivir unos de los duelos más dolorosos de mi vida hasta el momento, el no tener conocimiento me orilló hacerlo de una manera llena de confusiones, la mayor parte del tiempo eran enojos y tener desajustes emocionales. Me desconocía en mi persona, busque ayuda profesional y así fue como entré al mundo de la tanatología.

El diplomado que cursé me dio la gran oportunidad de conocer la historia y ahora sé que es un legado la trayectoria de la Dra. Elisabeth Kübler Ross.
Lo primero fue conocer las etapas del duelo y así mismo identificarlas, reconocer mis sentimientos y emociones de vivir varias etapas a la vez. Saberme que todo era normal en tiempo y forma por la pérdida que vivía. A su vez, ir encontrando la paz, la esperanza de la cual la doctora menciona en su libro «sobre la muerte y sus moribundos «y así en conjunto poder reencontrar el sentido de vida.

Su legado de dar acompañamiento a los enfermos y familiares, despertó en mí esa emoción intrínseca, razón por la cual ahora pertenezco a un voluntariado tanatológico.
Mi mayor duelo fue sanado en tiempo y forma, y en 4 años he pasado por otras pérdidas, una fue de mi propia salud. El cual trabajé de manera correcta identificado cada sentir, interpretando emociones y aunado a todo lo conocido sobre el tema pude sacar la mejor versión de mi persona y de nueva manera saber que tengo una misión en esta vida, saber que para morir, tengo primero que vivir.

La otra fue la muerte de mi papá, todo lo aprendido y por el diagnóstico médico me llevó a vivir un duelo adelantado, acompañar a mi ser querido, y si, poder hacer cuidados paliativos y sin tener fecha y hora en el calendario acompañarlo a buen morir.

Saber que mis personas amadas trascienden de esta vida en forma física y que se quedan preñados en mi corazón para siempre al poder recordarlos y honrarlos.

No sabía que era la tanatología hasta que leí su libro “La rueda de la vida”. Me impactó tanto que decidí tomar un diplomado de tanatología en el Centro de Tanatología Elisabeth Kübler-Ross con Alicia Hinojosa.

¿Qué huella deja en mi vida personal?

  1. Entender el dolor ajeno por enfermedad o por alguna pérdida.
  2. Acompañar a las personas que necesitan ser escuchadas por el sufrimiento que están viviendo no puedo aliviar su dolor pero si puedo estar a su lado con mi comprensión y compasión.
  3. Tener respeto y empatía por el que sufre no juzgar.
  4. La muerte es inevitable pero si es fundamental tener una muerte digna con los cuidados paliativos que se puedan facilitar para el moribundo.
  5. La Dra. Elisabeth me ha despertado la voluntad de dar acompañamiento al enfermo.
  6. Termino con esto como ella lo escribe en su libro que antes mencione:
  7. “La mayor felicidad consiste en ayudar a los demás”.
  8. “Morir nos es algo que haya que temer; puede ser la experiencia más maravillosa de la vida. Todo depende de cómo hemos vivido”.
  9. “Lo único que vive eternamente es el amor”.

¡Gracias Elisabeth Kübler-Ross!

Elisabeth Kübler Ross – Quien tanto amor dejo al mundo, ejemplo de sabiduría y empatía.

Me gustaría ser parte de su gran homenaje, compartiendo lo que me dejaron sus aportaciones:

  • Cada una de sus palabras me trajo paz y esperanza.
  • Pude ir sanando poco a poco y lo sigo haciendo porque todavía sigo avanzando gracias a expresar mis sentimientos y emociones.
  • Me ayudó a identificar cada fase del duelo: negación, enfado, negociación, dolor emocional y aceptación.
  • A poner atención en las pistas que me dio la vida para aprender la lección y ser plena y feliz.
  • A saber quién soy.
  • Que debemos vivir plenamente, que la vida no termina en el diagnóstico… ¡que es cuando empieza!

Agradezco que esté presente la Melinda, que es un excelente ser humano, capaz de abrir corazones y entrar a lo más profundo. Gracias y bendiciones.

Elisabeth transformando mi dolor de madre, en una luz de amor y esperanza que nunca se apaga…

Desde hace 22 años soy madre en duelo; el dolor tan profundo que sentí cuando con gran ilusión, amor y sueños esperaba una vida y recibí a cambio la muerte, solo lo puedo describir como: sentirme dividida entre el cielo y la tierra. ¡Sí!, vivir en la tierra con profundos viajes de nostalgia al cielo que me creaba mi propio infierno. Sí, así sentí ese desgarrador dolor del alma en mi búsqueda constante por encontrar respuestas.

Esa vivencia experimentada, la mala y casi nula información que tuve en ese contexto, me hizo buscar algo que mitigara ese dolor indescriptible, ese dolor que desgarraba mi ser y mi alma. Un día, buscando sin saber qué buscaba, llegó a mis manos un libro maravilloso: “La muerte: un amanecer” de la gran mujer que desde entonces forma parte de mi gran legado de maestros: Elisabeth Kübler-Ross. Ese libro me dio esa luz de esperanza, inyectó calma a mi desasosiego y aflicción; su forma tan cariñosa de explicar la muerte, no solo me ayudó e impulsó a seguir buscando cómo sanar ese profundo dolor que tenía, también me incitó a seguir buscando e investigando sobre ese tema: la muerte.

Precisamente mi admiración a Elisabeth fue mi empujón a formarme en este mundo tan incierto y profundo que es la Tanatología. Gracias a ella conocí su significado, gracias a ella hoy puedo aplaudir 11 años acompañando, sanando a muchas personas que como yo han vivido y sentido ese dolor tan profundo e indescriptible que provoca la muerte de un ser querido. A través de su gran legado de amor y esperanza encontré una maravillosa y noble labor de sublimar mi dolor, acompañando al mismo tiempo el dolor del otro.

El vacío de los brazos de una madre, ese hueco en el vientre frío y la oquedad del corazón y del alma que deja la muerte, duele incluso respirar, sentir que el alma se nos evapora por el llanto, duelen los pechos que han quedado tan llenos de alimento y tendremos que vaciarlos obligadamente, así como la vida nos obliga a seguir, duele el cuerpo, duelen los pensamientos, duele ser una madre vacía. Y fue por ella, por Elisabeth, que comprendí lo que me pasaba y estaba sintiendo.

Con amor y pasión desde mi corazón he compartido del bálsamo para el alma que en el gran legado de Elisabeth día con día sigo aprendiendo, por ella aprendí a sanar y entendí que, como ella lo dijo, “no se puede sanar al mundo sin antes haberse sanado a uno mismo”, que el acompañamiento y escucha en amor incondicional es el mejor bálsamo para el alma, que todos tenemos una misión en este plano terrenal, y que son mis lecciones de vida las que me señalan cuál es la propia en este trascender.

Cuando la muerte nos visita, nos acaricia y nos susurra al oído, esta experiencia cercana a la muerte, puede generar diversas emociones en el ser humano, de ahí la importancia de nuestra historia de vida, de nuestra huella de rechazo y abandono; de ahí también la importancia de enseñar y aprender sobre la muerte desde nuestra primera infancia, conocer sobre la vida y el vivir, sobre el morir con el único fin de vivir bien, para morir en plenitud y satisfacción. Es un tema muy complejo, los mayores obstáculos para entender a la muerte es precisamente los prejuicios y creencias limitantes que nos han dejado nuestros ancestros. Nos enseñan a vivir con miedos y también a morir con miedos, impidiéndonos a vivir y morir en plenitud. Cuando entendemos que estamos en un viaje con un objetivo, en un viaje infinito, eterno, entonces el miedo se convierte en armonía y paz. Elisabeth Kübler Ross, amaestradamente me recuerda una y otra vez que estoy de paso en este plano terrenal, me da luz y una guía para que en el evento más importante de mi vida: mi muerte, me gradué con honores.

«Cuando hemos realizado la tarea que hemos venido a hacer en la Tierra, se nos permite abandonar nuestro cuerpo, que aprisiona nuestra alma al igual que el capullo de seda encierra a la futura mariposa. Llegado el momento, podemos marcharnos y vernos libres del dolor, de los temores y preocupaciones; libres como una bellísima mariposa, y regresamos a nuestro hogar, a Dios».

Besos al cielo Elisabeth, mientras, mantengo la esperanza de encontrarnos y estrecharnos en un abrazo infinito de agradecimiento y cariño. Con amor y gratitud Coni.

Los vivos cerramos los ojos a nuestros muertos, pero nuestros muertos nos hacen abrirlos. Anónimo.

Desde niña conviví con la muerte, pero hasta hoy puedo comprender que morir es parte de la vida. Podría decir, sin exagerar, que la muerte ha andado por mi casa como un pariente incómodo con el que nadie quiere tratar.

Irma, mi amiga de la infancia, murió ahogada tratando de rescatar a su hermanita menor en el río Monclova. Viví la muerte por desangramiento de María, mi abuela paterna. Rebeca, mi madre, se suicidó a sus 40 años, dejando en la orfandad a ocho hijos. Más tarde, cuando ya era una adulta, mi hermano mayor, Vicente, murió a los 36 años por una diabetes juvenil, mi sobrina Ximenita falleció por una conmoción pulmonar antes de cumplir dos años y, un tiempo después, partió Fabián, mi papá. Hace un año, en abril del 2019, Thiago, mi nieto de 18 meses falleció a causa de un virus desconocido unas horas después de haber pasado una tarde maravillosa con él, y dos semanas después murió Quico, mi suegro, que fue como un segundo padre para mí.

He vivido muchos duelos, pero cuando comencé a dar los primeros pasos en la tanatología, hace casi 10 años, el duelo que más pesaba sobre mí era el suicidio de mi madre. Viví mi infancia y mi juventud cargando un muerto en mis espaldas.

Acostumbrada a cargar mi mamut congelado, como lo llamaba yo, hacía hasta lo imposible por mantener atrapado mi duelo en un talud de hielo. Bajo esas gruesas capas de hielo, no le permitía ni un mínimo movimiento porque en el fondo yacía el más grande de mis temores: que un día mi mamut saliera de su iceberg y no pudiera contenerlo. Era un miedo profundo de que cobrase vida y me arrebatara la mía.

Un día, en el verano del 2010, un inesperado cambio de ciudad me acercó al Instituto Elisabeth Kübler-Ross México. Dejé mi casa, mis afectos y mi círculo de relaciones personales y llegué a un nuevo entorno donde encontré el detonador de una transformación de mi ecuación emocional.

Mi nueva realidad me conectó con el estudio de la tanatología, que me abrió nuevos caminos hacia el entendimiento y la resolución de mis propios duelos y, años más tarde, me convenció de las bondades que podía aportar a mi vida.

Desde hacía años había escuchado hablar de la doctora Elisabeth Kübler-Ross y la palabra tanatología era parte del lenguaje común de algunos grupos sociales cercanos a mí.

Haciendo consultas, leí acerca de su vida, trabajo e investigaciones. En el 2007 llegó a mis manos un libro que me marcó para siempre: “La Rueda de la Vida”. Ese fue mi primer contacto con el mundo de Kübler-Ross y desde entonces he sentido que tengo que estirar al máximo las hebras de esa madeja.

Sin duda, el legado de Kübler-Ross le dio un giro importante a mi forma de entender la vida. Me ayudó a comprender lo que yo estaba experimentando en el día a día, a trascender mis pérdidas y a darle otro significado a la muerte. También me ayudó a liberar con respeto y amor el peso de mis muertos y a llevarlos como lo que son: seres de luz que han dejado profundas huellas y enseñanzas en mi vida. Aprendí a tener siempre presente a mis muertos, pero no a morir con ellos.

Desde la tanatología curé con paciencia y amor mis heridas. Dejé salir a mi mamut, lo liberé de su cárcel y me deshice de su carga. Supe cuándo era el momento de soltarlo porque ya no lo necesitaba más. Comprendí que podía viajar por la vida sin él y que, si acaso volviera inesperadamente, sabría cómo escucharlo y hablar con él.

El legado de EKR llegó en el momento en que tenía que llegar a mi vida. No más temprano, no más tarde, sino justo cuando la vida me colocó en el lugar y con las personas indicadas. El estudio de la tanatología me ha regalado muchísimos momentos de plenitud, de valoración de las cosas cotidianas y los pequeños detalles de la vida; tomar conciencia de que soy una pasajera más en este tren de la vida y que en cualquier momento bajaré de mi vagón —como mis seres queridos lo hicieron antes en otras estaciones—, pero habiendo disfrutado del trayecto y de mis compañeros de viaje.

La tanatología me conectó también con el dolor de personas y pacientes de hospitales en mis años de voluntariado. Este tiempo fue realmente maravilloso porque todas y cada una de las personas que conocí —muchas de ellas en estado terminal— me aportaron una sabiduría infinita: se convirtieron en mis maestros de vida.

El legado de la doctora Kübler-Ross me enseñó que la forma más profunda de dar también es aprender a recibir: recibir en el corazón los testimonios de quienes han sufrido pérdidas, viven duelos o enfrentan la enfermedad y la muerte.

Todo eso ha llenado de gratitud mi corazón. Hoy no solo puedo compartir la historia de mis duelos, sino que puedo escuchar las de otros seres humanos atravesando sus propios dolores y tragedias. También puedo entenderlas.

Ese es y ese ha sido un gran regalo: conocerme mejor y aprender a valorar cada día de mi vida. Hoy vivo el presente sin dejar de valorar mi pasado e imprimiéndole nuevos significados a mi vida.

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